Uno: poné precio a tu hora. Tomá lo que le facturás a un cliente por una hora de tu trabajo. Si no facturás por hora, dividí lo que la empresa factura en un mes por las horas que trabajás en ese mes. No es una cuenta fina y no hace falta que lo sea: alcanza con dejar de tratar tu tiempo como si fuera gratis.
Dos: hacé una sola página, entera, y cronometrala. No la home: elegí una interior, la de un servicio. Terminada de verdad, con el texto escrito, la foto puesta y revisada en el celular. Anotá el tiempo real, incluidas las veces que te fuiste a buscar el logo. Después contá cuántas plantillas distintas necesita tu sitio —no cuántas páginas: si tenés seis servicios que se ven igual, es una plantilla— y multiplicá.
Tres: sumá la parte administrativa aparte. Conectar el dominio, el correo, la medición y probar el formulario con un envío real no escala con la cantidad de páginas: es un bloque fijo, se hace una vez y suele ser el que más sorprende, porque es donde aparecen los problemas que no se resuelven mirando un tutorial.
Y ahora la parte que hace que la cuenta se quede corta siempre, y que es el verdadero costo del camino propio: esas horas no son continuas. No vas a sentarte dos días seguidos a hacer tu web; vas a hacerla de a cuarenta minutos, entre cliente y cliente, y de noche. Cada vez que volvés perdés diez minutos en acordarte dónde estabas. El resultado no es un proyecto de veinte horas: es un proyecto de veinte horas que dura cinco meses y se publica a medias, o no se publica. Lo caro nunca fueron las horas. Fue el tiempo que el sitio no existió.